Columnas Jaque Mate

Violencia y mujeres

Lo peor de todo es que el problema sí existe y es grave.

Por Sergio Sarmiento

Lo peor de todo es que el problema sí existe y es grave. En el primer semestre de este 2019 se registraron 448 feminicidios y mil 198 violaciones. Esta última cifra es seguramente bastante más baja que la real, ya que muchas violaciones no se denuncian. 

Hay razones para protestar, muchas, pero los grupos que han protagonizado las violentas manifestaciones de los últimos días le han hecho daño a la causa de las mujeres. Una de las razones es que el caso que usaron como bandera, el de una joven de 17 años que denunció haber sido violada en una patrulla en la colonia San Sebastián de Azcapotzalco por cuatro policías en la madrugada del 3 de agosto, parece falso.

“Con la información que tenemos hasta hoy, podemos determinar que momento, circunstancias, lugar y hechos no coinciden con lo declarado por la víctima”, señaló cautamente el vocero de la Procuraduría de la Ciudad de México, Óscar Lara. 

La reportera Yohali Reséndiz, una reconocida feminista, revisó los videos de cámaras de vigilancia privadas de la calle en que presuntamente tuvo lugar la violación, recopiló los indicios disponibles y habló con un testigo, dueño de una casa en que la joven pidió permiso para entrar y usar el baño.

No hay señales de violación ni oportunidad para que esta haya tenido lugar. Al dueño de la casa no le pidió auxilio ni le dijo que había sido violada. La joven nunca entró a ninguna patrulla. Sólo cuando llegó su madre declaró: “Me violaron los policías”. La madre respondió: “No te creo”. “Nunca me crees”, se quejó la adolescente. 

La respuesta de muchas activistas ante la acumulación de datos contra la versión de la joven ha sido: “Yo sí te creo”. Este fue uno de los coros de la manifestación del 16 de agosto.

El reportero de AND40, Juan Manuel Jiménez, ofrecía curiosamente una crónica editorializada a favor de los manifestantes. Mientras le arrojaban diamantina y otros objetos, él decía que las mujeres estaban justamente enojadas. Una mujer rubia se le acercó y le gritó al micrófono: “Yo sí te creo”. Jiménez respondió: “Todo el mundo cree a las mujeres”. Entonces un hombre joven le pegó un fuerte puñetazo en la cara y lo noqueó. Los manifestantes también causaron destrozos en la estación del Metro de Insurgentes y pintarrajearon el Ángel de la Independencia. 

Muchos se dijeron después asombrados de que la información sobre la violencia de los manifestantes hubiese empañado la cobertura de la protesta. “Las pintas se borran, las muertas no”, decía uno de los mensajes repetidos en redes. Este es un ejemplo típico de falso dilema en lógica, una falacia que presenta dos opciones como si fueran las únicas posibles.

Si las pintas, la destrucción de instalaciones de transporte o monumentos históricos o la agresión a periodistas evitaran la muerte o la violación de una sola mujer, quizá habría razones utilitarias para defenderlas. Pero no es así. La violencia fue gratuita y ha manchado un movimiento que tenía todo para unir a los mexicanos. 

Las imágenes de la manifestación del 16 de agosto que han quedado en la imaginación colectiva son la agresión al reportero y las pintas del Ángel de la Independencia, el cual ha sido cerrado por tiempo indefinido. Lo peor es que la violencia contra las mujeres sigue presente en feminicidios, violaciones, abusos y agresiones en calles y transportes públicos. Se ha perdido una gran oportunidad para impulsar un movimiento que podría unir a mujeres y hombres de buena fe para acabar con esta repudiable violencia. Eso es lo triste. 

Sin brújula

En el ánimo de linchamiento que prevalece, seis policías que sabemos no cometieron ningún abuso, han sido suspendidos de manera indefinida sin goce de sueldo. No son ricos. Sus familias sufrirán las consecuencias de un movimiento que perdió la brújula. 

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